2/3 - Emotivismo y florecimiento: un legado de A. MacIntyre para nuestro tiempo
Ponencia del 12 de febrero de 2026, en el Seminario de Filosofía del edificio de Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Autor: Jorge Maximiliano Loria. Parte 2.
Primer Momento: La Crítica al Emotivismo
Me detendré aquí en los siguientes tópicos: i) la crisis actual de la moral; ii) el emotivismo contemporáneo; iii) el deseo en la agencia more emotivista; iv) La concepción emotivista de la felicidad.
2.1. La Crisis Actual de la Moral
El capítulo primero de Tras la Virtud (1981) nos muestra un MacIntyre que, como se afirma en la jerga futbolística, va con “los tapones de punta”. Su encabezado es el siguiente: Una sugerencia inquietante. Desde las primeras líneas nuestro filósofo invita al lector a imaginar una situación de catástrofe para las ciencias naturales. El conjunto de la sociedad culpa abiertamente a los científicos por una serie de desastres ambientales. Seguidamente, un movimiento político fundado en el odio al conocimiento toma el poder y procede inmediatamente a la abolición de toda enseñanza científica en colegios y universidades. Sin embargo, con el paso de las generaciones, las personas cultivadas intentan recuperar la ciencia, aunque, nos dice MacIntyre, todos han olvidado qué implicaba esta forma de saber. Solo quedan fragmentos de los conocimientos anteriores, los cuales se encuentran desgajados de los diferentes contextos teóricos que les daban significado.
Aunque no puedo detenerme aquí en los detalles, la descripción macintyreana nos muestra una suerte de escenario apocalíptico en relación con las ciencias naturales. Su relato conmueve de solo ser imaginado. Sin embargo, más se sobresalta uno al comprobar que nuestro filósofo utiliza este recurso para establecer una comparación con aquello que considera verdadero respecto a la teoría y la práctica moral en nuestra cultura. En efecto, MacIntyre parte de la siguiente hipótesis: en el mundo actual el lenguaje moral se encuentra en el mismo estado de grave desorden que el lenguaje de las ciencias naturales en la situación social imaginaria previamente descripta. Poseemos, nos dice, simulacros de moralidad; continuamos usando muchas de las antiguas expresiones morales, pero hemos perdido –en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral. En otras palabras: aunque todavía subsisten las apariencias de lo moral, lo que la moral fue ha desaparecido en amplio grado y que esto marca una degeneración y una grave pérdida cultural.
2.2. El Emotivismo Contemporáneo
Para nuestro filósofo, la manifestación más contundente de la presente crisis moral se expresa en la incorporación del emotivismo a nuestra cultura: vivimos en una cultura específicamente emotivista, pues, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, una amplia variedad de nuestros conceptos y modos de conducta presuponen la verdad del emotivismo.
En el presente, nos dice, la mayor parte de las personas piensa, habla y actúa como si el emotivismo fuese verdadero. Como consecuencia de este diagnóstico cultural, el pensamiento de MacIntyre puede describirse como intrínsecamente enfrentado al emotivismo. Por lo tanto, previamente a desglosar las notas específicas de esta concepción, mencionaré su principio fundamental. Para los emotivistas, los juicios de valor, y más específicamente los juicios morales, no son más que una expresión de sentimientos y preferencias de carácter subjetivo. Este principio se muestra claramente en el hecho de que la mayor parte de las personas suele actualmente creer que todo juicio moral, públicamente manifestado, no es sino la declaración de un parecer estrictamente personal. Por ejemplo, si alguien, refiriéndose a la deshonestidad intrínseca de tal o cual acción concreta, afirma frente a otros: «esto está mal», muy posiblemente recibirá como única respuesta un coro de voces que les digan: «esto está mal para vos, pero no todos tienen por qué que adherir a tus convicciones».
Filosóficamente hablando, dicha tesis tiene algo de contradictorio, pues se considera universalmente verdadero (y políticamente correcto) sostener que no existen acciones buenas o malas en sentido absoluto; lo bueno y lo malo serían relativos a un sujeto cuyo juicio, además, siempre podría también modificarse al cambiar los escenarios. Desde la perspectiva emotivista, cuando dos personas discrepan sobre la bondad de algo, no se trata de una cuestión independiente de las creencias o estados psicológicos de aquellos que no se ponen de acuerdo. Para nuestra cultura, lo bueno es, precisamente, aquello que cada uno juzga como tal. Y esta convicción no se funda en una propiedad de las cosas, sino tan solo en nuestras preferencias subjetivas. Así, en los desacuerdos concernientes a hechos, una de las partes está en lo cierto y la otra no en virtud de cómo sucedieron las cosas. Para este tipo de divergencias se apela a un patrón externo, objetivo e independiente de los sentimientos y compromisos de los agentes. En torno a los hechos, dicen los emotivistas, no puede haber desacuerdos, ya que los juicios fácticos son siempre verdaderos o falsos. Pero cuando lo que está en cuestión es un asunto evaluativo o normativo, no es posible apelar a un patrón externo. Por este motivo, las discrepancias valorativas solamente pueden resolverse si una de las partes es “persuadida” para que cambie su postura. Por lo tanto, los emotivistas sostienen que la afirmación pública de un juicio valorativo se orienta, principalmente, a transformar los sentimientos y preferencias de los otros de manera tal que se amolden a los propios. Se trata, por lo tanto, de una finalidad esencialmente manipuladora.
2.3. El Deseo en la Agencia Emotivista
Treinta y cinco años después de Tras la virtud, al comenzar su último libro, aún sin mostrarse tan apocalíptico, MacIntyre se propone abordar un tópico moral enteramente semejante: nuestras vidas van mal, nos dice, a causa de los deseos mal dirigidos.
En efecto, hoy muchas vidas fracasan porque las personas no desean aquello que tienen buenas razones para desear. Es innegable que los agentes humanos actúan movidos por el deseo de aquello que perciben como bienes. Frente a ello, la perspectiva aristotélica siempre ha sostenido que, en la medida en que procuremos cultivar las virtudes, nuestro deseo será despertado por un bien real, y no por algo desordenado disfrazado de bondad. Por lo tanto, siempre que aspiremos, oportunamente, hacia un bien real, podremos sostener que eso mismo nos ofrece una razón fundada para actuar en orden a conseguirlo: tengo una buena razón para intentar la consecución de tal o cual deseo si aquello que quiero es un bien real y, además, reconozco que es prudente intentar alcanzarlo en este momento.
2.4. La Concepción Emotivista de la Felicidad
Siguiendo a MacIntyre, he descrito los rasgos del emotivismo actualmente predominante. Como vimos, el emotivismo implica una concepción de la moral, una manera de entender el yo, un modo de posicionarse frente a los bienes y de pensar la agencia humana. Finalmente, existe también una forma emotivista de concebir la dicha. En su último libro, nuestro filósofo afirma que la presente cultura tiene su propia visión de la felicidad: ser feliz consiste en tener satisfechas las preferencias de uno. Por este motivo, la mayor parte de las personas se autoperciben hoy como individuos orientados a la sola satisfacción de sus deseos. A su vez, en el presente se piensa en la felicidad como en una percepción meramente subjetiva; se la relaciona con el simple contento con uno mismo, con el sentirse bien y disfrutar de la vida, aspirando a que dicho estado permanezca el mayor tiempo posible.
https://doi.org/10.5281/zenodo.20372703









