Ser padres, un milagro que exige gratitud y responsabilidad
¿Tener hijos es solo un paso automático en la vida o un cálculo de tiempo y dinero? Por la Mgtr. Gilda Espinoza. Docente del Departamento de Educación. Universidad Católica San Pablo.
En una época marcada por la inmediatez del éxito, la planificación minuciosa y el deseo de tenerlo todo bajo control, incluido el bienestar económico, la idea de tener hijos suele relegarse a un proyecto de largo plazo o, en muchos casos, ni siquiera forma parte del plan de vida.
Con frecuencia, se evalúa en términos de costos, tiempo, renuncias y beneficios emocionales. Sin embargo, reducir la llegada de un hijo a un simple acto de voluntad o a un cálculo racional empobrece profundamente su significado. Tener hijos no es solo una expresión de amor; es, en muchos sentidos, un verdadero milagro. Y, como todo milagro, no basta recibirlo solo con gratitud, también exige asumirlo con una responsabilidad consciente y profunda.
Antes de detenernos en cálculos, expectativas o temores, conviene reconocer que la idea de formar una familia no nace únicamente de la lógica o como una etapa más de la vida, sino también de una dimensión profundamente humana que trasciende todo aquello que se pueda planificar. Hacer posible una nueva vida nos lleva a preguntas sobre el sentido trascendental del hombre, del legado y la relación con otros, invitándonos a mirar más allá de nuestras propias metas individuales. Considero que, entre lo racional y lo emocional, entre el deseo y la incertidumbre, surge una reflexión necesaria sobre lo que realmente implica traer un hijo al mundo.
Incluso desde una mirada biológica, la vida misma ya es extraordinaria. La coincidencia de factores necesarios para que un nuevo ser humano exista, desde la concepción hasta el nacimiento, es una experiencia invaluable. Pero, más allá de la ciencia, hay una dimensión simbólica y humana que convierte la llegada de un hijo en algo que trasciende a los padres. Un niño no es una extensión del ego adulto ni un proyecto personal que deba cumplir expectativas ajenas; es una vida nueva, única e irrepetible, con dignidad propia. Reconocer este hecho cambia por completo la forma de comprender la paternidad: nos permite entenderla no como un derecho, sino como un don, quizá el milagro más grande y evidente que pueden palpar el hombre y la mujer.
Por tanto, llegar a ser padres es una de las decisiones más importantes de la vida, aunque muchas veces se asuma como un paso automático: se forma una pareja, llegan los hijos y, como suele decirse, “se va viendo sobre la marcha”. Sin embargo, traer un hijo al mundo implica una preparación que va mucho más allá de lo económico o material. Prepararse para ser padres es, ante todo, un acto de esperanza, una decisión de compromiso emocional, ético y humano.
Por lo expuesto, considero que vale la pena hablar de milagro cuando nos hacemos padres, pues implica reconocer que hay algo que nos supera, que no controlamos del todo y que nos interpela. Un hijo cambia radicalmente nuestra manera de vivir en el mundo, pues nos lleva a reorganizar prioridades, cuestiona certezas y obliga a mirar más allá del propio bienestar inmediato. Por tanto, recibir a un hijo con gratitud no es solo una actitud emocional, sino una disposición de agradecer la vida que llega y comprometerse con ella.
El papa Francisco, en su catequesis sobre los niños, dice que son un gran don para la humanidad, pues nos recuerdan que todos hemos sido dependientes del amor y cuidado de otros. Por tanto, un hijo es amado por ser hijo, no porque sea bello, sano, bueno; no porque piense igual que yo o encarne mis deseos. En ese contexto, el Santo Padre nos recuerda la dimensión gratuita del amor: somos amados antes de haber hecho nada para merecerlo, antes de saber hablar o pensar, incluso antes de venir al mundo. Esta experiencia es fundamental para conocer el amor de Dios, fuente última de este auténtico milagro.
Hoy nos toca vivir en una sociedad que mide el éxito en función de lo que se tiene, y es común escuchar frases como: “quiero darle a mi hijo todo lo que yo no tuve” o “que viva la libertad que no me dieron”. Probablemente la intención es noble, pero vale la pena preguntarnos: ¿de qué estamos hablando cuando decimos “todo”? Porque los hijos no solo necesitan que los vistas, que los atiborres de juguetes, estudios, viajes; los hijos necesitan algo mucho más profundo, y duradero; es decir, precisan de una familia sólida, presente y coherente.
Claro está que la familia sólida no es la que carece de problemas, sino la que sabe enfrentarlos con amor, respeto y comunicación. Los niños aprenden a través de la observación y la imitación de los adultos más que de los discursos, los niños observan cómo sus padres se tratan entre sí, cómo resuelven conflictos, cómo se esfuerzan y cómo se levantan cuando algo no sale bien. Las virtudes que se vivan en casa son la mejor herencia que podemos dejar. Vivir con fortaleza, templanza y esperanza —como pareja y padres— es lo más importante.
Vale la pena recordar aquellas palabras que el Santo Padre Francisco mencionó en su discurso sobre el reto de la natalidad como una cuestión de esperanza: “La esperanza se alimenta del compromiso de cada uno con el bien, crece cuando nos sentimos partícipes e implicados en dar sentido a nuestra vida y a la de los demás. Alimentar la esperanza es, por tanto, acción social, intelectual, artística, política en el más alto sentido de la palabra; es poner las propias capacidades y recursos al servicio del bien común, es sembrar futuro. La esperanza genera cambio y mejora el futuro”.
Entonces, debemos ser padres que enseñen con el ejemplo en la cotidianidad, con respeto, asumiendo la responsabilidad, practicando la solidaridad y el esfuerzo por procurar el bien del otro antes que el propio: una tarea ardua que requiere de tiempo y perseverancia. No se trata de ofrecer discursos largos o contradictorios, sino de acciones diarias: como cumplir la palabra, saber pedir perdón cuando uno se equivoca, perdonar y enseñar que la dedicación y el esfuerzo permiten alcanzar lo que uno se propone, y que no todo se obtiene de inmediato. Todo ello no es fácil, pues nos tocó vivir en un mundo que premia la inmediatez; sin embargo, enseñar el valor del esfuerzo, de la espera que genera esperanza es un regalo para toda la vida.
Muchas veces, en el afán de compensar ausencias o carencias propias, los padres llenan los vacíos con objetos. No obstante, ningún juguete reemplaza una tarde de juego compartido, ninguna pantalla sustituye una conversación sincera, y ningún regalo vale más que sentirse escuchado y tomado en cuenta. El tiempo que se comparte con los hijos, jugando, hablando y riendo, construye vínculos seguros que los acompañarán toda la vida.
Otro pilar fundamental que debemos considerar es la comunicación asertiva, es decir, escuchar a los hijos, validar sus emociones y enseñarles a expresar lo que sienten sin miedo ni violencia, es parte de prepararlos para la vida. En un hogar donde los niños pueden hablar y ser escuchados en lugar de ser castigados, donde se busca enseñar a través de la comprensión y los límites claros, fomentando la autoestima y la autonomía, se ofrecerán las mejores herramientas para relacionarse con los demás.
Por tanto, al poner énfasis en el diálogo, la empatía y el reconocimiento de las emociones, estaremos educando la afectividad del niño. Prepararse para ser padres no significa ser perfectos, sino ser conscientes. Implica preguntarnos si estamos dispuestos a educar con el ejemplo, a dedicar tiempo de calidad, a formar personas y no solo a mantenerlas. Porque, al final, los hijos no recordarán cuánto se les dio, sino cuánto se les amó, se les acompañó y se les enseñó a ser mejores seres humanos.
Señalé que el milagro debía asumirse con gratitud; esto implica no quedarse en palabras ni en emociones pasajeras, sino traducirlo en una responsabilidad que conlleva acompañar el crecimiento y desarrollo integral del niño. Implica tiempo, presencia, coherencia y, sobre todo, conciencia de que cada decisión adulta deja huella en el niño de hoy y en el adulto del futuro.
De igual forma, comprender a los hijos como un milagro nos obliga a desterrar ciertas ideas peligrosas: como que los hijos “deben algo” a sus padres, o que existen para cumplir sueños frustrados. La responsabilidad de los padres incluye respetar la libertad futura de los hijos, ayudarlos a cultivarse en virtudes, criterios y herramientas para la vida, no moldearlos según expectativas rígidas. Amar responsablemente es preparar para la autonomía, para que puedan conducirse por caminos rectos, iluminados por la verdad.
En ese sentido, la gratitud y la responsabilidad van de la mano. Agradecer la vida recibida sin asumir el esfuerzo que implica cuidarla es una contradicción; y asumir responsabilidades sin gratitud puede convertir la crianza en una carga dura y amarga. Solo cuando ambas se integran es posible vivir la paternidad y la maternidad de manera plena, humana y transformadora.
Exhorto a todos los padres a asumir esta hermosa y noble tarea con alegría y responsabilidad, pero también a vivirla como una oportunidad única: la de construir, desde el hogar, una sociedad más humana, más consciente y más solidaria. Tener hijos, entonces, no es un derecho que se ejerce sin consecuencias ni un producto de consumo emocional, es un encuentro con lo inesperado, con la fragilidad y con la esperanza. Considerar la paternidad como un milagro no debe llevarnos a idealizar la educación y la crianza.
El milagro no niega las dificultades, pero sí nos ofrece una mirada profunda. Es aceptar que alguien nos ha sido confiado en un mundo que a menudo banaliza la vida. Asumir esta tarea con gratitud y responsabilidad es, quizás, uno de los actos más revolucionarios que existen para el ser humano.
Referencias:
Buber, M. (2016), Yo y Tú. Paidós.
Margulis, L. & Sagan, D., What Is Life?
Vatican news 2018
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2018-04/jornada-mundial-del-nino-por-nacer--papa-francisco--bebes.html
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