Santo Tomás de Aquino: El monje que enseñó a la fe a hablar el idioma de la lógica
Cada 28 de enero, la Iglesia celebra a Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, patrono de los estudiantes; insigne filósofo y teólogo, autor de la monumental Summa Theologiae (Suma teológica).
Hoy, 28 de enero, el mundo académico y cultural celebra la festividad de Santo Tomás de Aquino, un filósofo y teólogo del siglo XIII cuya mayor hazaña no fue solo espiritual, sino intelectual: demostrar que la razón y la fe pueden caminar juntas. Al rescatar el pensamiento lógico de Aristóteles y aplicarlo al conocimiento de su época, Aquino sentó las bases del pensamiento crítico occidental y preparó el terreno para lo que siglos después conoceríamos como el método científico.
La razón como herramienta universal
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que veían el mundo físico como una distracción de lo divino, Tomás de Aquino defendió que la naturaleza es un libro abierto que debe ser leído con la lógica. Su enfoque, conocido como tomismo, introdujo una idea revolucionaria para la divulgación del conocimiento: el universo funciona bajo leyes racionales que el ser humano puede descubrir mediante la observación y la deducción.
Para el lector moderno, su importancia radica en tres pilares:
El Método Escolástico: Un sistema de debate donde se planteaba una duda, se exponían honestamente los argumentos en contra y luego se resolvían con lógica. Es el ancestro directo del debate académico actual.
Empirismo Temprano: Aquino sostenía que “nada hay en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos”, una frase que hoy firmaría cualquier científico experimental.
Autonomía Intelectual: Argumentó que la filosofía (la ciencia de entonces) tiene sus propias reglas y no debe estar sometida ciegamente a dogmas sin pasar por el filtro del razonamiento.
Un legado de rigor y orden
Su obra monumental, la Suma Teológica, es un ejercicio de orden mental sin precedentes. En ella, organizó el conocimiento humano de forma enciclopédica, utilizando un lenguaje preciso que buscaba evitar ambigüedades. Esta obsesión por la claridad en la exposición de ideas es, hoy en día, un estándar de oro en la comunicación científica.
Aquino falleció en 1274, dejando un vacío que fue llenado rápidamente por su influencia en las primeras universidades de Europa. Más allá de su papel en la Iglesia, se le recuerda como el “Doctor Angélico” que recordó a la humanidad que pensar es, también, una forma de buscar la verdad.



