La verdadera esencia del fascismo
El fascismo es el producto de la operación llevada por Giovanni Gentile a través de su escrito La filosofía di Marx del año 1899.
Se ha hecho un uso tan desmedido y arbitrario de la palabra “fascismo” que, realmente, se ha perdido su verdadera significación. Nuestro intento, en estas breves líneas, es recuperarla.
La palabra italiana fascio equivale a la castellana “haz”, “manojo”, “ramillete”. Mussolini formó haces de combate (fascio di combattimento) que tomaron el poder en Italia en octubre de 1922. Cuenta Giovanni Gentile, el filósofo del denominado “actualismo”, que el primer fascio fue organizado por Mussolini el 23 de marzo de 1919.
Pero ¿qué es el fascismo? El fascismo es el producto de la operación llevada por Giovanni Gentile a través de su escrito La filosofía di Marx del año 1899. Allí, Gentile se propone inverare a Marx. Y para hacerlo verdadero, le borra el materialismo quedándose solo con la dialéctica. De este modo, el fascismo es el producto de la reforma que Gentile propone del marxismo.
De la pluma de Gentile emerge el actualismo, filosofía está que sostiene la primacía absoluta de la acción. La filosofía de Gentile es, propiamente, una filosofía de la praxis. Y esta filosofía no se afirma mediante la utilización de fórmulas, sino a través de la acción. La acción está en el principio, en el desarrollo y en el fin de la filosofía fascista.
La acción no se subordina a ningún fin distinto de ella misma: su propósito es permanecer siempre dentro de sí. La filosofía de la praxis no busca explicar la vida poniéndose fuera de la misma, sino afirmándose como un farsi, un hacerse continuo, inexhausto.
La realidad, pues, no se nos presenta como algo dado ni estable, sino como un continuo proceso de autoconstitución. La acción no se ordena a un fin externo, sino que se justifica en sí misma como devenir incesante. En este sentido, el fascismo asume una concepción radicalmente dinámica y antiestática de la realidad. Las constantes, lo permanente, lo estable deben ser anulados.
Como podemos apreciar, el fascismo es un fenómeno esencialmente revolucionario, además de ser totalitario. Y es totalitario porque, si bien su centro de gravedad se encuentra en el ámbito de la política, sin embargo, se ocupa de la cultura del hombre que vive en la polis, lo cual significa hacerse cargo de todos sus problemas morales, filosóficos y religiosos.
La política, para el fascismo, no se distingue de la moral ni de la religión. El fascista tiene el deber de devenir un hombre ético (hacer que su fin individual coincida con el bien del todo). ¿Y por qué razón? Precisamente porque ese bien del todo es expresión del Espíritu universal que habla a través del Duce en los determinados momentos de la historia.
Por eso, seguir al Duce no equivale a apoyar a Benito Mussolini, sino a conducirse detrás del Espíritu Universal que habla a través de él y que siempre se orienta hacia lo mejor. Gentile, en su escrito Origini e dottrina del fascismo Roma, Libreria Littorio, 1929) señala que el fascismo tiene un carácter totalitario porque esta doctrina no se ocupa solo de la ordenación y dirección de la Nación, sino de su voluntad, su pensamiento y su sentimiento. El fascismo, por eso, no es solo un régimen capaz de expresar la idea de continuidad, de encapsulamiento de lo nuevo en lo viejo, sino que es movimiento, vitalidad, fractura, cambio incesante (cfr. al respecto mi escrito ¿Qué es el peronismo? Una mirada transpolítica. Salta, Argentina, EUCASA, 2018, 20202).
De lo dicho se desprende la relación particular que el fascismo establece entre el Estado y la Nación. El primero es una multitud unificada por una idea, que es voluntad de existencia y de potencia, conciencia de sí, personalidad bien determinada. La Nación, producto del Estado, es un sujeto o voluntad universal: los particulares se unifican deponiendo su particularidad.
La Nación, contrariamente al pensamiento de los nacionalistas, no genera el Estado, sino que es el Estado el que crea la Nación (precedencia del Estado respecto de la Nación). Y este Estado le otorga al Pueblo una voluntad y, por eso, una existencia efectiva. Por eso el Estado, entendido como voluntad ética universal, es creador del derecho. La preeminencia del Estado equivale a afirmar la superioridad de la voluntad del Duce en tanto expresión de la voluntad universal que gobierna la historia. Y el espíritu universal manifestado en el Conductor debe hacerse propio en cada ciudadano que integra el Estado. No hay derecho natural previo al Estado que este deba tutelar. Esto equivale a sostener una manifiesta refutación del iusnaturalismo: no hay un orden ético objetivo previo a la voluntad estatal.
Expresa Del Noce en su escrito Giovanni Gentile. Per una interpretazione filosofica della storia contemporanea (Bologna, Il Mulino, 1990, p. 340): “El individualismo particular es redimido por el Estado en la acción moral que lo niega y resuelve en la sustancia universal”. El Estado está constituido por un solo poder ya que todo lo que es, desde la visión univocista de Gentile, debe ser uno. Se trata de una voluntad universal personalizada en la victoria sobre el individuo natural, sobre la voluntad particular.
Ahora bien, si la universalidad exige que el individuo asuma la voluntad del Conductor, ¿qué encuentra dentro de sí para hacerlo? No hallará, ciertamente, las ideas eternas de Agustín, sino una energía, una voluntad de poder, de transformación, opuestas a todo mal que siempre se identifica con lo dado, con lo permanente. Esta voluntad, como puede advertirse, es esencialmente transgresora, superadora de todo límite que quiera oponersele.
¿Y cómo logra el ciudadano querer lo que quiere el Duce?, ¿cómo hace el ciudadano para tener un mismo pensar, un mismo querer y un mismo sentir?
El pueblo, precisamente, necesita que lo formen en esa nueva conciencia. Expresa Gentile: “De allí la necesidad del Partido y de todas las instituciones de propaganda y de educación según los ideales políticos y morales del Fascismo, que el Fascismo pone en obra para obtener que el pensamiento y la voluntad de uno que es Duce se conviertan en el pensamiento y en la voluntad de la masa.” Y además del partido, sigue diciendo, “se necesita de la ayuda de las corporaciones. En este sentido, los sindicatos tienen una función educativa y moralizadora, siempre y cuando lo hagan en sintonía con la voluntad del Estado identificada con la voz del Duce”.
Cabe preguntarse, finalmente, si la actual política, en muchos casos, no sigue nutriéndose de esta filosofía actualista, propia de Gentile y corazón del pensamiento fascista.
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