Espiritualidad y Medicina, en la práctica clínica y la formación universitaria
Actualmente se reconoce que en la conformación del ser humano se conjugan la esencia material u orgánica con la espiritual, llamada por algunos como alma.
Sobre la espiritualidad existen conceptos, creencias y realidades presentes en casi todas las culturas que habitan y han habitado nuestro mundo.
En las primeras civilizaciones la vida espiritual guiaba la mayoría de las acciones y aún sin intentar comprenderla, no se cuestionaba su primacía.
Con el paso del tiempo, gran modulador cultural, la espiritualidad ha ido cambiando, tomando diversos matices en los ritos, creencias y manifestaciones, dando como resultado la aparición de numerosos grupos, sociedades o comunidades variopintas, pero no ha desaparecido.
Con pocas excepciones, actualmente se reconoce que en la conformación del ser humano se conjugan la esencia material u orgánica con la espiritual, llamada por algunos como alma.
La Asociación Europea para los cuidados paliativos, define la espiritualidad como “la dimensión dinámica de la vida humana que se relaciona con la forma en que las personas (individuos y comunitarios) experimentan, expresan y/o buscan sentido, propósito y trascendencia, y la manera en que se conectan con el momento, con el yo, con los demás, con la naturaleza, con lo significativo y/o lo sagrado”
Dado que espiritualidad y religiosidad no son lo mismo, nos referiremos al primer término para nuestro fin, pues es un concepto más amplio que habitualmente engloba a la religiosidad.
Si se reconoce la presencia de la espiritualidad como constitutiva del hombre, tenemos que preguntarnos, cuál es su papel en el entorno de la medicina que aparentemente solo trata lo referente al cuerpo, tanto en su funcionamiento como en sus alteraciones.
La respuesta la encontramos en la historia ya que a los médicos no solo les ha preocupado el lado material del ser humano, que, si bien ha sido su mayor interés, desde los albores de la medicina en la Grecia hipocrática, hasta la medicina moderna, la espiritualidad ha estado presente entre las preocupaciones de la ciencia médica. La época de los grandes avances en la psiquiatría a fines del Siglo XIX y comienzos del XX, es un buen ejemplo de esta inquietud.
En lapso similar en nuestro país, un arequipeño, el célebre psiquiatra Honorio Delgado Espinoza que entre otros avances fue impulsor de psicoanálisis, en sus publicaciones reconoció la importancia de la espiritualidad entre las condiciones que debería tener un profesional de la salud. Citamos a las tres más importantes; en primer lugar, a la vocación considerándola como un llamado interno, subjetivo, espiritual; en el segundo la aptitud, característica relacionada con maneras propias de actuar y condiciones somáticas particulares; y como tercera condición la preparación, producto logrado gracias a educación, instrucción y trabajo.
Recientemente se ha tomado un genuino interés en el estudio del papel que juega la espiritualidad como coadyuvante en el tratamiento de diversas patologías, siendo el ámbito del cáncer en el que se ha puesto un mayor esfuerzo.
El equipo médico ha reconocido el papel de la espiritualidad en el manejo terapéutico viendo que los pacientes que ostentan alguna forma de espiritualidad evolucionan mejor, hecho que se ve respaldado por reducciones en la tasa de mortalidad y estancia hospitalaria .(Kohls y col. 2011 – Kulken WHOQOL 1995)
En muchos casos los propios pacientes, especialmente aquellos con patologías agresivas, frente a su condición de gran vulnerabilidad, apelan a su espiritualidad como fortaleza personal intrínseca para intentar mitigar sus tribulaciones, y adicionalmente aceptar positivamente la ayuda que le brinde el equipo sanitario, para así, tener una mejor tolerancia a los problemas propios del diagnóstico y manejo de su enfermedad.
Entre los postulados más relevantes dejados por Hipócrates está como fin primordial de la medicina el tratamiento del dolor (calmar el dolor).
El dolor, especialmente aquel de mayor magnitud, comúnmente se comporta como un perturbador del pensamiento racional y de la espiritualidad del individuo, con lo que complica aún más el ya difícil ámbito de la enfermedad.
El dolor en cualquiera de sus formas debe ser combatido y de ser posible eliminado para proporcionar paz, tranquilidad y sosiego al paciente para que así entre otras cosas, pueda entender y colaborar con sus médicos y enfermeros.
El presente interés por el componente espiritual del enfermo ha llevado a acuñar el término sufrimiento espiritual, el cual no sería un dolor, tampoco un evento físico o emocional desagradable, sino algo más profundo, muy personal, particular e indescriptible, pero siempre grave, donde se conjugan miedos, frustraciones, carencias, temor al fracaso, a lo desconocido y a la muerte.
El reconocimiento de esta condición ya es frecuente, y si bien como se mencionó, muchos médicos tienen cierto grado de consideración por la espiritualidad, solo en los últimos tiempos se ha tomado conciencia de la importancia de que el profesional de la salud conozca, entienda, y lo más importante, actúe proactivamente a favor de la salud espiritual de sus pacientes.
Para ello el profesional debe adentrarse en el conocimiento de la espiritualidad del hombre y empaparse de sus particularidades. Es de ayuda cuando el mismo médico cuenta con una vida espiritual propia probablemente inculcada por su entorno familiar desde la niñez. Esto facilita la comprensión y la empatía con el enfermo que sufre espiritualmente.
Se observa una brecha en la educación médica pues anteriormente en las escuelas no se instruía y entrenaba a los alumnos en lo referente a la espiritualidad, el plan de estudios no contemplaba esa materia, solo se insistía en el conocimiento científico, y habilidades y destrezas para el manejo somático de las personas enfermas. Muchos profesionales médicos son capaces de “jugársela” en la resolución de un diagnóstico o la instauración de un tratamiento, pero no han aprendido a hacerlo por las preocupaciones espirituales de nuestros pacientes.
Son muchos los beneficios que se logran cuando hay interés y actitudes en pro de la problemática espiritual de los enfermos. Se ve menos casos de ansiedades intratables, o depresiones severas, así como una mejoría de su ánimo durante la hospitalización, una mayor aceptación de los procedimientos terapéuticos, progreso en sus relaciones con la familia, y finalmente una sosegada aceptación de la muerte cuando es el caso.
Es imperativo referirse a los beneficios éticos que trae una vida espiritual coherente, ya que en el médico permite el análisis juicioso, reflexivo y profundo de las circunstancias que se relacionan con los principios éticos, especialmente en casos de decisiones difíciles, y en el enfermo la comprensión y aceptación de las recomendaciones que se propongan.
¿Qué hacer?
El personal de salud ya formado debe tomar conciencia de esta situación, y dentro del respeto a sus creencias y posibilidades, valorar la necesidad de revisar la espiritualidad propia, así como la del entorno familiar, y si fuera oportuno tratar de mejorarla.
Una responsabilidad del médico, a veces olvidada, es velar por la propia salud mental evitando la sobrecarga de trabajo y/o de responsabilidades, tomando medidas para prevenir el burnout (desgaste profesional).
Se debe estar atento a las convocatorias de eventos de post grado que se den sobre espiritualidad, ya que muchas universidades los ofrecen.
Es el momento de reactivar credos religiosos dormidos o muertos. Todo esfuerzo en ese sentido será válido, y permitirá ser más sensible para reconocer el sufrimiento espiritual de sus enfermos, brindarles su apoyo que a la larga redundará en una mejor resolución de su patología.
Desde la universidad hay mucho que hacer.
Los futuros médicos (y otros profesionales de la salud) no pueden culminar su entrenamiento sin haber conocido la realidad del sufrimiento espiritual en toda su magnitud, pues este se les presentará con mayor frecuencia de la que puedan pensar.
Es necesario familiarizarlos con la historia espiritual, insistiendo en su importancia, enseñándoles la manera de abordar el tema con el enfermo y eventualmente con su familia.
Es preciso instruirlos en qué y cómo preguntar, y también en lo que no se debe preguntar. Deben saber que hecha con amabilidad y tino la historia espiritual no herirá susceptibilidades y que más bien será una gran ayuda.
En los casos de sufrimiento espiritual la regla es que el enfermo esté esperando una ayuda, por lo que, actuando con cautela, respeto y cordialidad no debe haber temor de invadir su privacidad, ya que, lo más probable es que esté aguardando la intervención
Prontamente hay que educarlos en materias que refuercen sus potencias humanas y durante toda la carrera, vigilar y acrecentar lo sembrado en los primeros años.
Pero no basta el conocimiento, sino es obligatorio incentivar la empatía con el enfermo, sufrir con él, alegrarse con él, “jugársela” por él.
Esta estrategia educativa a quien más beneficiará será a los enfermos, pero también lo hará con los alumnos pues les permitirá realizarse en el pleno sentido de la expresión, como personas individuales, como miembros de una familia, como médicos o como parte de un colectivo sanitario y finalmente como cristianos si profesaran esa fe.
La medicina es una profesión que cambia la vida de quienes la ejercen anteponiendo a consideraciones personales, el “espíritu de servicio a los demás”.
La promoción de la salud y la prevención de las enfermedades forman parte del campo del médico, y es muy importante capacitar a los estudiantes de medicina en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, pero hoy por hoy también es indispensable capacitarlos en el apoyo espiritual a sus enfermos.
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